Saturday, September 16, 2006

Paloma Sarez

-Irónico.
Se dice aquella mujer de mediana edad, vestida con un jersey color de rosa y ceñidos vaqueros. La tristeza marca su mirada. La opulenta casa con el bellísimo jardín que arde con el fuego de las flores del flamboyán, apenas llaman su atención.
Le es difícil comprender el porque de aquel desengaño; después de todo el hombre que tanto amo, la abandonó.
Así, sencillamente, de un día para otro, sin mediar un adiós.
Se sabía una mujer educada. De hecho, en muchos momentos soñó con una falsa dignidad y un talento que le llevaría lejos, tal vez a la posteridad.
Sabía pintar. Se consideraban buena artista. En sus ropas aún quedaban residuos de ese peculiar olor a oleo y trementina. Sus cuadros se vendían en la galería de la ciudad.
-Irónico, se repetía.
Su nombre: Paloma Sarez.
Paloma… ¿como fue posible que sus padres la bautizaran con ese nombre?
Nada tenía que ver con lo que escuchó en repetidas ocasiones durante su infancia.
-Un águila- le repetía su padre.
- Debes ser como el águila, nunca volar en parvadas, saber planear sola, subir a los riscos mas altos y jamás abandonar el hogar, (el nido) regresar siempre para alimentar y alimentarte con el confort y el cariño que allí encontrarás.
Sin embargo: Paloma es su nombre. Ave que desprecia porque se conforma con las migajas que los otros dejan en las mesas o en el suelo de la plaza. Que vuela con miedo ante la primera provocación, aun frente al transeúnte al que poco le interesa su existencia.
Lleva un sombrero de amplias alas en un brillante color blanco, que le sirve para cubrirse de los rayos sol y le recuerda en este momento las alas de los pichones.
Desea volar, ya no pondrá resistencia al viento, se dejará llevar.
La vida le fue arrancando una a una las plumas de sus alas. La tristeza impera en su vida, en su ir y venir. No es un águila más.
El nido al que su padre le recomendó regresar se encuentra vacío. Vacío como la jarra de leche que no se molestó en llenar.
Sus zapatos terrosos, como detalle único de su vestir que denota la falta de interés en su aspecto personal a pesar de las costosas ropas, de aquellas gafas, la cartera de reconocida marca y del broche enganchado sobre el jersey muy cerca del corazón, que pincha y duele como aquel desgraciado amor.
-¿Qué mas me da? pensó Paloma.
-¿Quién lo notará? volaré una vez más.
Con marcha suave, empezaría caminando lento por la pradera.. El tiempo sobra, como le sobra al vino que apenas se empieza a añejar.
No lleva cinturón, no hace falta. No se cubre los hombros ni le teme a la fría noche. Sabe que ésta se acerca…pero por ahora se conforma con su sombrero de anchas alas. Después de todo, las suyas volverán a volar.
Es otra vez Paloma; Paloma Sarez, tal como se le bautizó.

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